Escribir una reflexión en la
que se relacionen los contenidos que has aprendido sobre ética con las protestas que se están
produciendo a partir de la muerte de George Floyd en Mineápolis. La extensión
mínima ha de ser de dos páginas y han de analizarse causas, consecuencias,
antecedentes, posibles medidas, reacciones políticas, etc.
miércoles, 10 de junio de 2020
lunes, 25 de mayo de 2020
EXAMEN DE LA TERCERA EVALUACIÓN
IES VICTORIA KENT EXAMEN DE FILOSOFÍA
(Torrejón de Ardoz)
3ª EVALUACIÓN
Nombre:
Curso:
|
INSTRUCCIONES
-
Elige 10 preguntas de las 14 y
contesta sólo a las 10 preguntas.
-
Cada pregunta tendrá una
calificación máxima de 1 punto.
-
El examen durará 90 minutos.
-
Una vez terminado el examen tenéis
15 minutos para mandarme a Classroom el examen y el vídeo de verificación.
|
1.
La verdad como correspondencia.
2.
El criterio de verdad como coherencia.
3.
¿Qué diferencia hay entre el relativismo y el subjetivismo
filosóficos?
4.
Explica la teoría gnoseológica de Platón.
5.
¿Qué significa la “confianza en la Razón” en el Racionalismo?
6.
Explica en qué consiste el recurso al “valor a la
experiencia” en el Empirismo.
7.
¿Cómo surgen los conceptos en el Entendimiento, según I.
Kant?
8.
Explica la visión que
tiene Platón del ser humano (dualismo antropológico).
9.
¿Qué es el “monismo antropológico”?
10.
¿Qué es el “emergentismo”?
11.
Desarrolla el tema de la “ideología” en el trabajo, según, K.
Marx.
12.
¿Qué tres características supone la convencionalidad de una
norma?
13.
¿Qué razón o argumento etnológico propugna el relativismo
moral?
14.
Explica en qué consiste la famosa paradoja de la tolerancia
de K. Popper.
viernes, 8 de mayo de 2020
TAREA 4 Herme y Fernando
Como has podido comprobar —si has leído todo con atención—, la oposición entre "relativistas" y "objetivistas" es patente. Este debate lleva muchísimo tiempo vivo. Ya preocupaba este enorme problema al ser humano desde la época clásica, desde los tiempos del gran Sócrates. ¿De qué parte estás tú? ¿Eres relativista o te convence más el objetivismo?
Ahora vas a leer un textito... Es un poco largo, pero tú eres fuerte. Tómate tu tiempo y lee con atención el siguiente diálogo entre dos amigos, FERNANDO y HERME, amigos que han discutido acaloradamente en más de una ocasión. FERNANDO es partidario del objetivismo moral, y HERME, defensor del relativismo moral:
Ahora vas a leer un textito... Es un poco largo, pero tú eres fuerte. Tómate tu tiempo y lee con atención el siguiente diálogo entre dos amigos, FERNANDO y HERME, amigos que han discutido acaloradamente en más de una ocasión. FERNANDO es partidario del objetivismo moral, y HERME, defensor del relativismo moral:
«FERNANDO: Así pues, no aceptas el objetivismo moral,
a pesar de que comprendes muy bien en qué consiste.
HERME: Eso es.
FERNANDO: Pues bien, yo
no soy capaz de demostrarte la verdad del objetivismo porque es algo que no
puede ser deducido. Lo más que puedo hacer es intentar que lo intuyas.
HERME: En
ese punto también coincidimos. El objetivismo no puede ser argumentado. De
manera que no sé qué se puede hacer. Si me dices que tienes la intuición de la
existencia de normas morales objetivas, te responderé que yo no la tengo. Y de
ahí no podremos salir. Se trata de un tema sobre el que de poco sirve discutir.
Ni yo te convenceré a ti ni tú a mí, No hay nada que hacer.
FERNANDO:
En esto te equivocas. Al menos una cosa es posible hacer. Puedo intentar que
veas que tu pretendida intuición de la no existencia de normas morales
objetivas es incompatible con otras intuiciones que también declaras tener.
HERME: No
termino de ver claramente qué quieres decir.
FERNANDO:
A ver si te lo explico. No tiene sentido discutir sobre un problema moral y ser
objetivista, al mismo tiempo. Nadie discute sobre normas convencionales. Si alguna vez has
entablado una discusión moral, no has sido consecuente con tu relativismo.
HERME:
¡Cómo que no se discute sobre normas convencionales! ¿Acaso no se debate
largamente si tal jugada u otra fue o no penalti?
FERNANDO:
Hay que distinguir dos cosas. Se puede discutir si un caso concreto entra
dentro de una norma o no. Y esto, tanto en las normas convencionales como en
las normas morales objetivas. Distinto es debatir si existe o no tal norma. En
las normas convencionales basta recurrir al reglamento y dirimir la cuestión
con facilidad y rapidez. Claro que el relativista puede decir que cuando
discute sobre normas morales lo que busca saber es si tal norma es aceptada por
un grupo social. Pero en ese caso tiene que callarse cuando se le demuestra
(por ejemplo, mediante una encuesta) que sí. Mas cuando se discute, por
ejemplo, si la discriminación racial es justa o no, uno no se calla con sólo
demostrarle que la mayoría de los habitantes de tal país están a su favor; y,
sin embargo, el relativista tendría que admitir que en ese país la
discriminación es justa. Recuerdo que el otro día estuviste en una
manifestación contra la discriminación racial en Sudáfrica. ¿Cómo un
relativista puede pretender que lo que ocurre en Sudáfrica es injusto si no
existe lo justo ni lo injusto?
HERME:
Cuando voy a una manifestación no hago más que expresar mis sentimientos. Si
afirmo estar en contra de la segregación racial, sólo quiero decir que me
disgusta, que ante ella experimento un sentimiento desagradable.
FERNANDO:
Pero hay una diferencia fundamental. Si vamos en coche y tú me dices que te
mareas y te contesto que yo no, ambos estamos expresando nuestros sentimientos.
Ahora bien, en este caso, los dos enunciados pueden ser verdaderos, pues no son
contradictorios. Por consiguiente, sobre el mareo de cada uno, no cabe la
discusión. No es el mismo caso que cuando uno dice: «eso es injusto» y otro le
replica: «te equivocas, es justo». Ni sobre los estados fisiológicos ni sobre,
digamos, los gustos culinarios, se discute. En cambio sí se debate, y mucho, lo
concerniente a temas morales. Tú mismo lo haces. Te acuerdas de la que armaste
porque decías que te habían suspendido injustamente.
HERME: Un
momento. Aquello fue distinto. Todo el alboroto que organicé no era porque
considerase injusto el suspenso (éste no era ni justo ni injusto, pues no
existen normas morales objetivas). La finalidad que perseguía era que me
cambiasen la nota. He descubierto que palabras como «justo» e «injusto»
influyen a veces en el comportamiento de la gente. En ese caso me salió mal.
FERNANDO:
De acuerdo. Pero qué me dices de ayer cuando discutías acaloradamente con tu
amigo ÓSCAR que sostenía que las mujeres no han de tener los mismos derechos que los varones. No te interesa
modificar su conducta, pues las acciones de ÓSCAR van a influir muy poco en un
posible cambio de la legislación, cambio que, por otra parte, a ti en
nada te afecta. ¿Por qué discutías con él? ¿Dímelo...?
HERME: Sí, he de admitir que se trataba de dos
situaciones distintas...
FERNANDO: Por otra parte, el relativista moral, si
es coherente, nunca hará nada que vaya contra sus intereses egoístas. Si en un
determinado momento se le presenta la alternativa de realizar o bien una acción
que su sociedad considera injusta (pero que le va a reportar grandes beneficios
y que, además, jamás será descubierta), o bien una acción justa (para decirlo
como un relativista, una acción que su sociedad tiene por justa) que le va
acarrear grandes males, no tendrá ninguna razón para elegir la acción justa.
HERME: Tú quieres describir algo así como la
siguiente situación: Un miembro de la Resistencia francesa es detenido por la
Gestapo y se presentan ante él únicamente dos salidas. Puede confesar, y
entonces queda libre, y además nadie jamás descubrirá su traición; o bien puede
guardar silencio (en su medio social la no delación es la acción justa), pero
en ese caso sólo le esperan grandes sufrimientos y, al final, la muerte.
FERNANDO: No son necesarios ejemplos tan extremos;
pero sí es un buen ejemplo de lo que yo decía. En esa situación un relativista
moral no tendrá ninguna razón para guardar silencio.
HERME: Quizás prefiera afrontar la muerte antes de
verse marginado por sus amigos a causa de su delación.
FERNANDO: No es esa la situación descrita. Por
hipótesis, hemos supuesto que jamás se descubrirá su traición.
HERME: Aun en ese caso el relativista puede guardar
silencio porque ha interiorizado la norma de ser leal. Norma que desde pequeño
le han inculcado y no quiere vivir luego con ese peso en la conciencia.
FERNANDO: Eso es lo que un relativista diría de los
no relativistas, que todavía no han descubierto la convencionalidad de las
normas. Pero él se encuentra por encima de eso. Es como el adulto que descubre
que su miedo a la oscuridad se debe a que de pequeño lo encerraban en un cuarto
oscuro como castigo. Una vez descubierto el origen de su miedo, puede vencer el
temor a la oscuridad. De igual forma, el relativista, una vez descubierta la
relatividad de las normas morales, puede superar la presión que ejercen sobre
él y el remordimiento que le produce no cumplirlas. Por consiguiente, si en la
situación descrita consideras que, de ser tú el prisionero, harías mejor en no
confesar (otra cosa es que tuvieras valor para ello) no puedes ser relativista».
EJERCICIOS
1. ¿Qué sostiene el relativismo moral que defiende Herme?
2. ¿Es lo mismo el relativismo que el subjetivismo?
3. ¿Qué pretende hacer Fernando con Herme? ¿Cómo puede demostrarle que hay normas morales objetivas?
4. ¿Qué te parece el final del texto? ¿Tiene razón Fernando? Explica tu respuesta.
EJERCICIOS
1. ¿Qué sostiene el relativismo moral que defiende Herme?
2. ¿Es lo mismo el relativismo que el subjetivismo?
3. ¿Qué pretende hacer Fernando con Herme? ¿Cómo puede demostrarle que hay normas morales objetivas?
4. ¿Qué te parece el final del texto? ¿Tiene razón Fernando? Explica tu respuesta.
martes, 5 de mayo de 2020
C) El Objetivismo.
Si
sostuviéramos que el relativismo moral es falso porque las razones que se dan
para defenderlo no son correctas, cometeríamos una falacia, es decir, un error
en la argumentación. La debilidad o, incluso, falsedad de las pruebas dadas
para sostener una posición no demuestran, en modo alguno, que esa posición sea
falsa.
Por
consiguiente, a los objetivistas les compete probar la verdad del objetivismo y
no sólo echar por tierra las pruebas en favor del relativismo moral. Casi todos
los objetivistas éticos están de acuerdo en que la objetividad de las normas
morales no puede ser demostrada; sólo cabe “mostrarla”. Dicho de otro
modo, que existen normas morales objetivas no se conoce por deducción, sino por
intuición.
Para
mostrar algo a alguien que no lo ve, es preciso primero señalarle qué ha de ver
y, después, ponerlo frente a lo que hay que ver. Esta regla sirve tanto cuando
se trata de lograr una intuición sensible (por ejemplo, divisar algo lejano)
como cuando está en juego alcanzar una intuición intelectual, como es el caso
del objetivismo moral.
Muchas
veces se rechaza el objetivismo moral porque se comprende mal en qué consiste.
Se suele confundir el objetivismo moral con las siguientes posiciones:
a)
El objetivismo moral no afirma que todo el mundo obedezca las normas morales
(lo que es manifiestamente falso), ni tampoco que todo el mundo conozca y
admita las normas morales, ni siquiera, que todos aquéllos que las conocen las
obedezcan (lo que es también falso). De forma que la diversidad de conductas
observadas por distintas culturas o la diversidad de valoraciones morales o el
que haya personas que prediquen una cosa y hagan otra son objeciones que no
tocan en nada el objetivismo moral.
b)
En el objetivismo moral no se sostiene que haya clases de acciones (por
ejemplo, decir la verdad) que son siempre buenas y clases de acciones (por
ejemplo, matar a otro hombre) que son siempre malas. Esta postura se llama deontologismo.
Todos los deontologistas son objetivistas, pero no a la inversa. Un objetivista
puede declarar que la muerte de GANDHI a balazos fue un acto injusto y que, en
cambio, la muerte de JULIO CÉSAR a puñaladas fue un acto justo. El objetivismo
afirma que hay acciones concretas (no clases de acciones) que en sí mismas son
buenas y otras que son en sí mismas malas. «En sí mismas» significa, con
independencia de que se juzgue o no así. Para decirlo de otro modo, si en
alguna ocasión es cierto que una determinada acción es correcta, entonces
siempre es cierto que esa acción determinada es correcta; no es posible que
una, y la misma, acción sea a la vez justa e injusta.
c)
El objetivismo moral tampoco implica que siempre que una persona cometa una
acción injusta se haga moralmente mala (adquiera culpa moral) ni que siempre
que se lleve a cabo una acción justa, la persona que la realice se haga
moralmente buena (adquiera mérito moral). Un objetivista puede afirmar (no
todos lo hacen) que un hombre puede hacerse bueno realizando acciones
objetivamente injustas si cree, y no es culpable de su error, que se trata de
acciones justas. Por ejemplo, un hindú que arroja a la pira funeraria a la
viuda del difunto, en opinión de algunos objetivistas, puede tener mérito
moral, aunque la acción que realiza es objetivamente injusta, si actúa creyendo
que la acción que lleva a cabo es justa.
d)
Por último, el objetivismo no afirma que podamos conocer siempre si una acción
es justa o injusta. Incluso algunos objetivistas, por ejemplo MOORE, niegan que
podamos conocer si una acción es justa o injusta. Una vez puesto en claro en
qué consiste el objetivismo moral, se debe dar el siguiente paso y describir
situaciones en las que sea fácil captar la objetividad de las normas morales.
lunes, 4 de mayo de 2020
b.3) Las bases del Relativismo: su fundamento.
a) Las razones que sustentan al relativismo: ¿por qué soy relativista?
El relativismo
moral es sostenido por dos tipos de razones. Por un lado, está lo que podemos
llamar razones etnológicas y, por otro las razones metodológicas. Las
razones etnológicas provienen de la etnología. La etnología, también
conocida como antropología cultural, es una ciencia empírica cuya finalidad es
el estudio de las costumbres de los diversos pueblos que habitan en la Tierra.
Leyendo a los etnólogos se tiene la impresión de que no hay norma que sea
universalmente aceptada. De este hecho, algunos filósofos han sacado la
conclusión de que las normas morales son convencionales. El argumento que
propugnan es como sigue. Si hubiera normas morales objetivas, válidas en sí
mismas, todo el mundo las reconocería y no se valorarían de distinta manera la
misma acción. Pero resulta que, tomemos la acción que tomemos, encontraremos
dos sociedades que la valoran de distinta forma. Luego no existen normas
morales objetivas.
Como ya hemos
dicho, podemos denominar el otro tipo de razones para sostener el relativismo
moral, razones metodológicas. Los empiristas defienden que las únicas
proposiciones que tienen sentido son las proposiciones verificables, esto es,
las proposiciones que expresan hechos que podemos comprobar mediante los
sentidos. Evidentemente las normas morales no son verificables. A través de los
sentidos podemos conocer lo que es, pero nunca lo que debe ser. «No se debe
mentir» no es algo que se pueda comprobar mediante los sentidos. Tampoco las
cualidades denotadas por los adjetivos «bueno», «justo», «honroso», etc., son
experimentables sensorialmente. «Es deshonesto no cumplir la palabra dada» es
una proposición cuyo contenido no puede ser comprobado por ningún sentido
corporal, pues «deshonesto» no es una cualidad sensible. Por tanto, las normas
morales, o bien son enunciados sin sentido (un mero conjunto de palabras que no
dicen nada) o bien son proposiciones descriptivas enmascaradas. El relativismo
moral es una consecuencia lógica del empirismo.
martes, 28 de abril de 2020
B. Tipos de Relativismo.
Existen dos grandes tipos de
relativismo moral: el relativismo social y el relativismo individual o
subjetivismo.
b.1) El Relativismo social.
Para el relativismo social, las normas morales son
creación de la sociedad. Como han existido y existen diferentes sociedades con
distintas culturas, existen diferentes normas morales e incluso normas morales
contrapuestas.
Tal y como hemos visto en el texto de MOSTERÍN —texto que defiende claramente la posición relativista— algunos pueblos admiten la poligamia y otros, no;
en algunas culturas se considera que es una norma debida moral cuidar de los propios
padres cuando son ancianos y, en otras sociedades, que lo que se debe hacer —o sea, la norma moral— es abandonarlos para que
mueran de frío (como entre los esquimales).
![]() |
¿Se debe dejar morir a los abuelos de hambre y de frío? |
¿Qué norma es la verdadera? ¿Se
debe cuidar de los propios padres o dejarles morir de hambre y frío? El
relativismo social sostiene que esta pregunta carece de sentido. Ninguna de las
dos normas es mejor ni peor. Para el relativista social, esa pregunta se
asemeja a esta otra: ¿Se puede tocar el balón con la mano o no se puede? La
pregunta tal y como está formulada no posee sentido. Para que lo adquiera es
imprescindible relativizar la norma refiriéndola a un determinado juego.
Por ejemplo, en el baloncesto y en el voleibol sí que se puede tocar el balón
con la mano; en el fútbol y en el hockey, no. De igual manera, para que la
pregunta «¿se debe abandonar a los padres ancianos?» adquiera sentido hay que
relativizarla, es decir, enmarcarla dentro de las pautas de comportamiento de
una sociedad. Para los esquimales sí se puede; para los europeos, no.
El escritor francés A. FRANCE
resumió la esencia del relativismo social con una certera frase. «La sociedad
no castiga el asesinato porque éste sea malo, sino que es malo porque la
sociedad lo castiga».
b. 2) El subjetivismo.
La otra forma de relativismo
moral es el subjetivismo. Uno de los tipos más comunes de subjetivismo
es el emotivismo. Según todo relativismo moral, las normas, categóricas,
en el fondo, son proposiciones descriptivas, ya que describen hechos empíricos.
En el caso del relativismo moral de índole social, las normas morales se reducen
a proposiciones apofánticas que describen cómo piensa una determinada sociedad
sobre un tema. Según el emotivismo, las normas morales se reducen también a
proposiciones descriptivas, pero éstas no describen la opinión de una sociedad
sobre un asunto, sino las emociones o sentimientos que experimenta un individuo
ante un hecho.
El emotivista considera que las normas morales son
similares a las proposiciones que expresan gustos culinarios. Cuando una
persona declara que la paella es un plato riquísimo o que las hormigas fritas
es un guiso repugnante, no está afirmando, en contra de lo que parece, nada
sobre la paella o las hormigas. Sus proposiciones enmascaran proposiciones descriptivas
que expresan los estados anímicos que experimenta ante una paella o ante un
plato de hormigas fritas. «La paella es un plato riquísimo» equivale a expresar
«me encanta la paella», o a «pensando en la posibilidad de comerme una paella
experimento un sentimiento muy placentero».
De ser cierto el subjetivismo
moral, cuando se afirma una norma moral, se está enunciando una proposición
descriptiva sobre los estados emocionales de la persona que la proclama. En
opinión del subjetivista, «no debes abandonar a tus padres ancianos» equivale a
«experimento un sentimiento de repugnancia cuando pienso en que alguien
abandone a sus padres ancianos». Pretender —prosigue el subjetivista— que las
normas morales sean otra cosa distinta de enunciados descriptivos es caer en el
absurdo.
lunes, 27 de abril de 2020
3. EL PROBLEMA DE LA VALIDEZ DE LAS NORMAS MORALES
La cuestión más interesante de
este tema se puede enunciar fácilmente:
Es decir —si recuerdas bien—, las normas convencionales pueden cambiarse, su incumplimiento conlleva sanción (que también puede cambiarse) y no obligan a todos universalmente. Pues bien, ¿son las normas morales en realidad normas convencionales? Este es el problema de la validez de las normas morales.
¿Son las normas morales convencionales
o no?
Es decir —si recuerdas bien—, las normas convencionales pueden cambiarse, su incumplimiento conlleva sanción (que también puede cambiarse) y no obligan a todos universalmente. Pues bien, ¿son las normas morales en realidad normas convencionales? Este es el problema de la validez de las normas morales.
A la pregunta
anterior algunos pensadores han contestado que las normas son convencionales
(los llamados relativistas morales), y otros han respondido que no lo son (los
llamados objetivistas morales). Estudiemos estas dos grandes posiciones éticas.
A) El relativismo moral.
El
relativismo moral sostiene, pues, que las normas morales no son ni
verdaderas ni falsas en sí mismas. Es absurdo preguntar por la validez o
invalidez de una norma moral. Lo único que cabe decir es que un cierto grupo
humano —o una persona determinada— acepta o rechaza una norma moral; pero no
tiene sentido afirmar que sea correcta o incorrecta. Por el contrario, los
objetivistas morales consideran que las normas categóricas pueden ser, al igual
que las proposiciones descriptivas, verdaderas o falsas. Objetivamente
considerado, sin referencia a ningún código, sociedad o persona —prosiguen los
críticos del relativismo moral— hay normas morales correctas e incorrectas.
«Lo primero que hay que subrayar es que las normas
no son válidas o inválidas en sí mismas, sino sólo respecto a un código
normativo determinado. Consiguientemente, los enunciados que expresan normas tampoco
son verdaderos o falsos en sí mismos, sino sólo con referencia a un código
normativo determinado. Por eso las preguntas normativas carecen de sentido, a
no ser que estén relativizadas o referidas a un código.
¿Está permitido tocar el balón con la mano? Depende.
Respecto del Código normativo del baloncesto sí, pero en el fútbol, no. ¿Está
permitido tocar el balón con el pie? Depende. En el fútbol está permitido, pero
en el baloncesto está prohibido. Alguien podría preguntar: “Dejémonos de códigos
relativos. En sí mismo, en el fondo, de verdad. ¿Qué es lo que está prohibido o
permitido: tocar el balón con el pie o con la mano? ¿Tengo derecho a hacerlo o
no?”. La pregunta carece de sentido. Estará prohibido o permitido, según el
juego al que estemos jugando.
¿Con cuántas mujeres me puedo casar...? Con ninguna,
según los austeros códigos de los cátaros y los anabaptistas. Con una o con
ninguna, según los códigos matrimoniales de tradición cristiano occidental.
Obligatoriamente con una, según las normas dictadas por OCTAVIO AUGUSTUS en
Roma a principio de nuestra Era. Con tantas como pueda alimentar, hasta cuatro,
según el código islámico. Con un número de mujeres proporcional al de mis
vacas, según el código masai, etc. Alguien puede preguntar: con independencia
de esos y otros muchos códigos históricos o imaginables, en si mismo y desde un
punto de vista absoluto, ¿con cuántas mujeres puede casarse un hombre? La
pregunta carece de sentido.
La validez de una norma es siempre relativa a un
cierto código, juego o institución. Hay que reconocer el relativismo
insuperable de las normas.»
(MOSTERÍN, Grandes Temas de la Filosofía Actual.)
jueves, 23 de abril de 2020
2. LAS NORMAS MORALES
Como ves, el estudio de la Ética nos lleva directamente a una reflexión primera sobre qué sea una norma y sus clases.
Las normas son proposiciones que nos indican qué debemos hacer. A diferencia de las proposiciones apofánticas (también llamadas descriptivas), que hablan del mundo, que expresan lo que es, las proposiciones normativas enuncian lo que debe ser.
Las proposiciones descriptivas (S
es P) suelen tener como cópula un verbo en indicativo; en las proposiciones
normativas, en cambio, el verbo está en modo subjuntivo o es una perífrasis
verbal del tipo "S ha de...", "S tiene que...", "S debe...".
Por lo general, se incluyen
dentro de las proposiciones normativas los juicios de valor. Un juicio
de valor es una proposición cuya cópula es un verbo en indicativo pero que
contiene como predicado un adjetivo que no denota una cualidad sensible (esto
es, aprehensible mediante los sentidos), tal como son los adjetivos bueno,
honroso, noble, etcétera.Los juicios de valor equivalen a las normas. Por ejemplo,
decir «No es Bueno ser agresivo» (juicio de valor) es otra forma de decir «no
seas agresivo» (norma), y no de describir un trozo de mundo: no se habla en ese
juicio de lo que es, sino de lo que debe ser.
Las normas pueden ser hipotéticas o
categóricas. Las primeras nos indican qué medios poner para alcanzar un fin
dado. Las segundas nos mandan qué fines hemos de perseguir. Las normas
hipotéticas responden a cuestiones acerca de los medios. Las normas
categóricas resuelven cuestiones acerca de los fines. La ética se ocupa
únicamente de estas últimas. Las normas categóricas se llaman también normas
morales. Reflexionemos sobre las siguientes normas:
—Conduce por
la derecha.
—No toques un
hilo de cobre por el que pase corriente eléctrica.
—En el
baloncesto no puedes tocar el balón con el pie.
—Lávate con
cierta frecuencia.
—Cuando hagas
una fogata, procura que esté bien aireada.
—Para
conservar la carne tienes que salarla o congelarla.
—Al salir de
una habitación cede el paso a otras personas.
—Si quieres
enamorar a un chico, hazle muchos regalos.
Todas
las proposiciones anteriores son normas hipotéticas, pues prescriben (mandan)
un medio para conseguir un fin. Sin embargo, en algunas de estas normas el fin
queda sobreentendido. Si reparas en las proposiciones que acabas de leer,
pronto te darás cuenta de que podemos agrupar estas normas en dos clases. En
una recogemos las normas convencionales y, en la otra, las no
convencionales u objetivas.
Una
norma se dice que es convencional cuando es fruto del acuerdo de los hombres.
Esto no significa necesariamente que los hombres hayan acordado conscientemente
crear esa norma. Tampoco quiere decir que la norma tenga vigencia para mí sólo,
en el caso en que la acepte explícitamente. Las leyes del Estado se me imponen
obligatoriamente, aunque expresamente las rechace (en un acto de desobediencia
civil). Asimismo, que unas normas o leyes sean convencionales no equivale a
decir que sean arbitrarias y, por ende, puedan ser cambiadas por cualesquiera
otras. Piénsese en las normas de cualquier juego, digamos el ajedrez: son todas
ellas convencionales y, sin embargo, no pueden ser cambiadas sin que el juego,
por lo general, pierda interés. La convencionalidad de una norma supone sólo
estas tres características:
1.
Los hombres pueden cambiarlas, a diferencia, por ejemplo, de las leyes de la
naturaleza, que el hombre no puede modificar en lo más mínimo.
2.
Su incumplimiento, si es observado por determinadas personas, implica una
sanción que puede ser de muy diversa índole.
3.
No obligan a todos los hombres, pues su obligatoriedad no se dirige al hombre
en cuanto hombre, sino al hombre en cuanto perteneciente a un grupo
determinado.
Las
normas convencionales se dividen en normas sociales y normas legales.
Las normas legales se distinguen de las sociales en dos puntos. En primer lugar,
están enunciadas expresamente (existen códigos que las recogen) y, segundo y
más importante, la sanción que sigue a su incumplimiento está fijada de
antemano. Las sanciones por infringir normas legales son muy variadas: pérdida
de la pelota, expulsión del juego, pago de una multa, cárcel, etc. Ni las
normas sociales ni sus sanciones están escritas. Quien infringe una norma
social es castigado por el grupo social en el que vive, con la crítica, la
murmuración, la marginación, etc. ¿Son hipotéticas o categóricas las normas
siguientes?
—No
debes divertirte a costa de hacer sufrir a otras personas.
—Cumple
tus promesas.
—Es
preferible el perdón a la venganza.
—No
se debe torturar a un animal con el único fin de pasarlo bien.
—No
se debe matar a un inocente.
Indudablemente
algunas de las proposiciones anteriores pueden ser consideradas hipotéticas si
se interpreta que indican qué medios poner para no recibir una sanción legal o
social. Sin embargo, pueden también interpretarse —y seria la interpretación
más usual— como categóricas. En este caso señalarían qué fines deben ser
buscados. Cuando se aconseja a una persona que no mienta porque «antes se coge
a un mentiroso que a un cojo», se le está dando una norma hipotética. En
cambio, cuando se afirma que no se debe mentir, con independencia de los
resultados que produzca la mentira, se está sosteniendo una norma categórica o
moral.
La cuestión más interesante de este tema se puede
enunciar fácilmente: ¿Son las normas morales convencionales o no?
EJERCICIOS:
EJERCICIOS:
6. Observa que la raíz de muchos considerados socialmente como “pecados” (faltas morales) reside en tomar como fin algo que,
por su propia naturaleza, es un medio, o viceversa. La avaricia consiste en
convertir la posesión de dinero (que es, por su naturaleza, un medio) en un
fin. Servirse de la amistad (un fin por antonomasia) como un medio es
igualmente una grave falta moral. Pon un ejemplo con cada uno de los siete
pecados capitales.
7. Realiza un cuadro de llaves indicando los tipos de normas.
miércoles, 22 de abril de 2020
1. EL ÁMBITO DE LO MORAL
Muy triste es la idea del ser
humano que nos muestra la historia del anillo de Giges… ¿verdad? Intentemos en
este tema estudiar si el hombre en el fondo es así. La vida del hombre, tu
vida, consiste en una cadena de decisiones. Constantemente tenemos que elegir
entre diversas posibilidades de acción. Decidir es inevitable. Podemos elegir
entre diversas acciones posibles, pero no está en nuestra mano poder elegir “no
elegir”. Estamos condenados a ser libres. Aun cuando no llevemos a cabo
ninguna acción, estamos decidiendo: decidimos no actuar. Incluso si ponemos
nuestra vida en manos de otra persona —hacemos siempre lo que ella nos
aconseja—, estamos continuamente eligiendo: una y otra vez decidimos mantener
nuestra confianza en ella. Puesto que siempre tenemos que tomar decisiones y no
podemos zafarnos de esta obligación, sería de gran valor poder contestar de
modo racional a la pregunta: “¿cuál es la decisión correcta en cada caso?”.
Hacer ética es reflexionar sobre la respuesta a esa pregunta.
Pero con esto aún no hemos dicho,
con exactitud, qué es la ética. pues la expresión «decisión correcta» es
ambigua. El texto que sigue intenta aclarar algo los dos sentidos principales
de la expresión «decisión correcta».
Leamos
y pensemos un poco este famoso dilema moral que propuso el filósofo francés J.
P. Sartre. Nos encontramos en la Francia ocupada por los alemanes en la Segunda
Guerra mundial:
«Citaré el caso de uno de mis alumnos, Henry, que me
vino a ver en las siguientes circunstancias: su padre se había separado de su
madre. Su padre tendía al colaboracionismo (con los nazis); su hermano mayor
había muerto en la ofensiva alemana de 1940, y este joven, con sentimientos un
poco primitivos, pero generosos, quería vengarlo. Su madre vivía sola con él,
muy afligida por la “semitraición” del padre y por la muerte del hijo mayor, y
su único consuelo era él. Este joven tenía, en ese momento, la elección de
partir para Inglaterra y entrar en las fuerzas francesas libres —es decir, abandonar
a su madre— o bien permanecer al lado de su madre y ayudarla a vivir. Se daba
cuenta perfectamente de que esta mujer sólo vivía para él y que su desaparición
—y tal vez su muerte— la hundiría en la desesperación. También se daba cuenta
de que, en el fondo, concretamente, cada acto que llevaba a cabo con respecto a
su madre tenía otro correspondiente en el sentido de que la ayudaba a vivir,
mientras que cada acto que llevaba a cabo para partir y combatir era un acto
ambiguo que podía perderse en la arena, sin servir para nada. Por ejemplo, al
partir para Inglaterra podía permanecer indefinidamente, al pasar por España,
en un campo español; podía llegar a Inglaterra o Argelia, y ser puesto en una
oficina para redactar documentos. En consecuencia, se encontraba frente a dos
tipos de acción muy diferentes: una concreta, inmediata, pero que se dirigía a
un solo individuo; y otra que se dirigía a un conjunto más vasto, a una
colectividad nacional, pero que era por eso mismo ambigua y que podía ser interrumpida
en el camino. Al mismo tiempo dudaba entre dos tipos de moral. Por un lado, una
“moral de simpatía”, de devoción familiar; y por otro, una moral más amplia,
pero de eficacia más discutible. Había que elegir entre las dos. ¿Quién podía
ayudarle a elegir?»
(J. P. SARTRE, El existencialismo es un humanismo.
Buenos Aires, Sur, 1977, pp. 28-30.)
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| J. P. Sartre |
Apoyándonos en el texto anterior,
vemos que la expresión «decisión correcta» tiene dos significados: o bien, con
“decisión correcta” lo que queremos decir es “fin correcto”; o bien, con
“decisión” lo que queremos decir es “medio correcto”. ¿Qué debería hacer el
protagonista del texto? ¿Debería optar por la “Felicidad” de su madre? ¿O bien,
debería optar por la “Libertad” de Francia? ¿Debería decidir quedarse con su
madre y cuidar de ella o debería decidir marcharse a combatir por su país?
Recordemos, entonces, que «decisión correcta» tiene dos significados: uno “débil”
y, otro, “fuerte”:
—significado débil: nos lleva a
la consideración del “medio” que más merece la pena elegir para llegar
al fin elegido previamente. Hay ciertas cosas —o, para ser más exactos, hechos
o acontecimientos— que deseamos porque son un camino para la consecución de
otras. Han de realizarse ciertos hechos para que se realice otro hecho. Su
valor o apetecibilidad radica en que conducen a otros bienes. A estos bienes
que deseamos únicamente porque son útiles para lograr otros, los llamamos
medios (el dinero, o mejor, la posesión de dinero, es el ejemplo perfecto de
medio).
—significado fuerte: nos lleva a
la consideración del “fin” que más merece la pena elegir, es decir, el
fin “mejor”, o sea, del fin “más bueno” (recuerda que “más bueno” no se puede
decir, está mal dicho: se dice “mejor”). Es decir, existen bienes que deseamos
por sí mismos. No los buscamos para lograr algo distinto de ellos. Estos bienes
reciben el nombre de fines. Una medicina nos interesa, no por sí misma, sino
porque es un medio de recobrar la salud. Una buena música —o, dicho con mayor
rigor, el deleite que nos proporciona— es un fin. La Libertad o la Justicia,
por ejemplo, son fines.
EJERCICIOS
1. ¿Qué significa la frase "estamos condenados a ser libres"?
2. Haz un pequeño resumen del texto de J. P. Sartre.
3. ¿Qué crees tú que diferencia a un "fin en sí mismo" de un "medio"?
viernes, 17 de abril de 2020
PRESENTACIÓN DEL PROBLEMA FUNDAMENTAL DE LA ÉTICA: EL ANILLO DE GIGES
La vida del hombre consiste en una cadena de decisiones. Constantemente tenemos que elegir entre diversas posibilidades de acción. Decidir es inevitable. Podemos elegir entre diversas acciones posibles, pero no está en nuestra mano elegir no elegir (incluso cuando no llevamos a cabo ninguna acción estamos decidiendo no actuar). Puesto que siempre tenemos que tomar decisiones y no podemos zafarnos de esta obligación, sería de gran valor poder contestar de modo racional a la pregunta ¿cuál es la decisión correcta en cada caso? Hacer ética es reflexionar sobre la respuesta a esta pregunta. Pero con esto aún no hemos dicho con algo de exactitud, qué es la ética, pues la expresión «decisión correcta» es ambigua. Leamos este texto de Platón:
EL ANILLO DE GIGES
Tal y como nos cuenta el vídeo, el mito del Anillo de Giges es mencionado por el filósofo ateniense
Platón en el libro II de La República.
Narra la historia de Giges, un pastor que tras una tormenta y un terremoto
encontró, en el fondo de un abismo, un caballo de bronce con un cuerpo sin vida
en su interior. Este cuerpo tenía un anillo de oro y el pastor decidió quedarse
con él. Lo que no sabía Giges es que el anillo era un anillo mágico, que cuando le daba
la vuelta, le volvía invisible. En cuanto hubo comprobado estas propiedades del
anillo, Giges lo usó para seducir a la reina y, con ayuda de ella, matar al
rey, para apoderarse de su reino. Platón hace referencia a esta leyenda para
exponer una teoría, que él no comparte, teoría que afirma que en el fondo
todas las personas por naturaleza son injustas. Sólo son justas por miedo al
castigo de la ley o por obtener algún beneficio por ese buen comportamiento. Si
fuéramos "invisibles" a la ley, como Giges con el anillo, seríamos
injustos por nuestra naturaleza. Este mito ha tenido gran influencia en la
filosofía, ya que da a entender que el ser humano hace el bien hasta que puede
hacer el mal cuando «se hace invisible», y puede hacer lo que le dé la gana. Leamos el texto directamente en Platón:
“Para darnos mejor cuenta de cómo
los buenos lo son contra su voluntad, porque no pueden ser malos, bastará con
imaginar que hacemos lo siguiente: demos a todos, justos e injustos, licencia
para hacer lo que se les antoje y después sigámosles para ver adónde llevan a
cada cual sus apetitos. Entonces sorprenderemos en flagrante al justo
recorriendo los mismos caminos que el injusto, impulsado por el interés propio,
finalidad que todo ser está dispuesto por naturaleza a perseguir como un bien,
aunque la ley desvíe por fuerza esta tendencia y la encamine al respeto de la
igualdad. Esta licencia de que yo hablo podrían llegar a gozarla, mejor que de
ningún otro modo, si se les dotase de un poder como el que cuentan tuvo en
tiempos el antepasado del lidio Giges. Dicen que era un pastor que estaba al
servicio del entonces rey de Lidia. Sobrevino una vez un gran temporal y
terremoto; abrióse la tierra y apareció una grieta en el mismo lugar en que él
apacentaba. Asombrado ante el espectáculo, descendió por la hendidura y vio
allí, entre otras muchas maravillas que la fábula relata, un caballo de bronce,
hueco, con portañuelas, por una de las cuales se agachó a mirar y vio que
dentro había un cadáver, de talla al parecer más que humana, que no llevaba
sobre sí más que una sortija de oro en la mano; quitósela el pastor y salióse.
Cuando, según costumbre, se reunieron los pastores con el fin de informar al rey, como todos los meses, acerca de los ganados, acudió también él con su sortija en el dedo. Estando, pues, sentado entre los demás, dio la casualidad de que volviera la sortija, dejando el engaste de cara a la palma de la mano; a inmediatamente cesaron de verle quienes le rodeaban y con gran sorpresa suya, comenzaron a hablar de él como de una persona ausente. Tocó nuevamente el anillo, volvió hacia fuera el engaste y una vez vuelto tornó a ser visible. Al darse cuenta de ello, repitió el intento para comprobar si efectivamente tenía la joya aquel poder, y otra vez ocurrió lo mismo: al volver hacia dentro el engaste, desaparecía su dueño, y cuando lo volvía hacia fuera, le veían de nuevo. Hecha ya esta observación, procuró al punto formar parte de los enviados que habían de informar al rey; llegó a palacio, sedujo a su esposa, atacó y mató con su ayuda al soberano y se apoderó del reino. Pues bien, si hubiera dos sortijas como aquella de las cuales llevase una puesta el justo y otra el injusto, es opinión común que no habría persona de convicciones tan firmes como para perseverar en la justicia y abstenerse en absoluto de tocar lo de los demás, cuando nada le impedía dirigirse al mercado y tomar de allí sin miedo alguno cuanto quisiera, entrar en las casas ajenas y fornicar con quien se le antojara, matar o libertar personas a su arbitrio, obrar, en fin, como un dios rodeado de mortales. En nada diferirían, pues, los comportamientos del uno y del otro, que seguirían exactamente el mismo camino. Pues bien, he ahí lo que podría considerarse una buena demostración de que nadie es justo de grado, sino por fuerza y hallándose persuadido de que la justicia no es buena para él personalmente; puesto que, en cuanto uno cree que va a poder cometer una injusticia, la comete. Y esto porque todo hombre cree que resulta mucho más ventajosa personalmente la injusticia que la justicia. «Y tiene razón al creerlo así», dirá el defensor de la teoría que expongo. Es más: si hubiese quien, estando dotado de semejante talismán, se negara a cometer jamás injusticia y a poner mano en los bienes ajenos, le tendrían, observando su conducta, por el ser más miserable y estúpido del mundo; aunque no por ello dejarían de ensalzarle en sus conversaciones, ocultándose así mutuamente sus sentimientos por temor de ser cada cual objeto de alguna injusticia. Esto es lo que yo tenía que decir.”
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| El anillo de Giges, Ferrara |
Cuando, según costumbre, se reunieron los pastores con el fin de informar al rey, como todos los meses, acerca de los ganados, acudió también él con su sortija en el dedo. Estando, pues, sentado entre los demás, dio la casualidad de que volviera la sortija, dejando el engaste de cara a la palma de la mano; a inmediatamente cesaron de verle quienes le rodeaban y con gran sorpresa suya, comenzaron a hablar de él como de una persona ausente. Tocó nuevamente el anillo, volvió hacia fuera el engaste y una vez vuelto tornó a ser visible. Al darse cuenta de ello, repitió el intento para comprobar si efectivamente tenía la joya aquel poder, y otra vez ocurrió lo mismo: al volver hacia dentro el engaste, desaparecía su dueño, y cuando lo volvía hacia fuera, le veían de nuevo. Hecha ya esta observación, procuró al punto formar parte de los enviados que habían de informar al rey; llegó a palacio, sedujo a su esposa, atacó y mató con su ayuda al soberano y se apoderó del reino. Pues bien, si hubiera dos sortijas como aquella de las cuales llevase una puesta el justo y otra el injusto, es opinión común que no habría persona de convicciones tan firmes como para perseverar en la justicia y abstenerse en absoluto de tocar lo de los demás, cuando nada le impedía dirigirse al mercado y tomar de allí sin miedo alguno cuanto quisiera, entrar en las casas ajenas y fornicar con quien se le antojara, matar o libertar personas a su arbitrio, obrar, en fin, como un dios rodeado de mortales. En nada diferirían, pues, los comportamientos del uno y del otro, que seguirían exactamente el mismo camino. Pues bien, he ahí lo que podría considerarse una buena demostración de que nadie es justo de grado, sino por fuerza y hallándose persuadido de que la justicia no es buena para él personalmente; puesto que, en cuanto uno cree que va a poder cometer una injusticia, la comete. Y esto porque todo hombre cree que resulta mucho más ventajosa personalmente la injusticia que la justicia. «Y tiene razón al creerlo así», dirá el defensor de la teoría que expongo. Es más: si hubiese quien, estando dotado de semejante talismán, se negara a cometer jamás injusticia y a poner mano en los bienes ajenos, le tendrían, observando su conducta, por el ser más miserable y estúpido del mundo; aunque no por ello dejarían de ensalzarle en sus conversaciones, ocultándose así mutuamente sus sentimientos por temor de ser cada cual objeto de alguna injusticia. Esto es lo que yo tenía que decir.”
(Platón, La República,
Libro II, 359d-360b)
EJERCICIOS:
1. ¿Crees tú que el ser humano es en el fondo malo?
2. ¿Qué son para ti las normas morales?
jueves, 16 de abril de 2020
FILOSOFÍA Y ÉTICA
Vamos a continuar con nuestro curso de Filosofía. Estoy seguro de que con Raquel habéis aprendido mucho. Ahora no tenemos más remedio que continuar este modo, a distancia y con este Blog de Filosofía. Todos los días iré colgando el material de clase y, también, de vez en cuando os iré pidiendo que vayáis haciendo alguna que otra cosa. Vosotros, tranquilos, estad atentos y ya veréis cómo todo va fenomenal.
Para empezar, aquí tenéis el correo al que todo aquel que tenga alguna duda me puede escribir:
rafaprofedefilosofiavk1bach@gmail.com
El tema que vamos a estudiar es uno de las más interesantes, profundos y difíciles que hay en Filosofía: el tema de la acción moral. También podemos llamarlo como se llama en algunos manuales de Filosofía: el tema de la "Ética". Pero vayamos más despacio...
martes, 14 de abril de 2020
ÁNIMO Y UN FUERTE ABRAZO
Hola a todos.
Soy Rafa. Espero de corazón que tanto vosotros como vuestras familias estéis bien. Nos ha tocado vivir un momento muy difícil, pero estoy seguro de que todos estáis a la altura de lo que vuestras familias necesitan y esperan de vosotros. Sé que estáis ya cansados de esta situación tan dura y tan triste. Pero yo os animo a no desfallecer y a seguir luchando. No es nada fácil, lo sé. Pero estoy seguro de que lo vais a conseguir. No os dejéis llevar por el desánimo. Sed fuertes y pensad que dentro de cincuenta años, cuando vuestros nietos se quejen por todo lo que tiene que estudiar, vosotros sabréis que una vez fuisteis héroes y pudisteis con algo cien veces más duro.
Os mando un fuerte abrazo.
Soy Rafa. Espero de corazón que tanto vosotros como vuestras familias estéis bien. Nos ha tocado vivir un momento muy difícil, pero estoy seguro de que todos estáis a la altura de lo que vuestras familias necesitan y esperan de vosotros. Sé que estáis ya cansados de esta situación tan dura y tan triste. Pero yo os animo a no desfallecer y a seguir luchando. No es nada fácil, lo sé. Pero estoy seguro de que lo vais a conseguir. No os dejéis llevar por el desánimo. Sed fuertes y pensad que dentro de cincuenta años, cuando vuestros nietos se quejen por todo lo que tiene que estudiar, vosotros sabréis que una vez fuisteis héroes y pudisteis con algo cien veces más duro.
Os mando un fuerte abrazo.
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