lunes, 25 de mayo de 2020

EXAMEN DE LA TERCERA EVALUACIÓN


IES VICTORIA KENT                                                    EXAMEN DE FILOSOFÍA
(Torrejón de Ardoz)                                                                        3ª EVALUACIÓN

Nombre:                                                                                                                                                         Curso:


INSTRUCCIONES
-          Elige 10 preguntas de las 14 y contesta sólo a las 10 preguntas.
-          Cada pregunta tendrá una calificación máxima de 1 punto.
-          El examen durará 90 minutos.
-          Una vez terminado el examen tenéis 15 minutos para mandarme a Classroom el examen y el vídeo de verificación.


1.       La verdad como correspondencia.
2.       El criterio de verdad como coherencia.
3.       ¿Qué diferencia hay entre el relativismo y el subjetivismo filosóficos?
4.       Explica la teoría gnoseológica de Platón.
5.       ¿Qué significa la “confianza en la Razón” en el Racionalismo?
6.       Explica en qué consiste el recurso al “valor a la experiencia” en el Empirismo.
7.       ¿Cómo surgen los conceptos en el Entendimiento, según I. Kant?
8.        Explica la visión que tiene Platón del ser humano (dualismo antropológico).
9.       ¿Qué es el “monismo antropológico”?
10.    ¿Qué es el “emergentismo”?
11.    Desarrolla el tema de la “ideología” en el trabajo, según, K. Marx.
12.    ¿Qué tres características supone la convencionalidad de una norma?
13.    ¿Qué razón o argumento etnológico propugna el relativismo moral?
14.    Explica en qué consiste la famosa paradoja de la tolerancia de K. Popper.


viernes, 8 de mayo de 2020

TAREA 4 Herme y Fernando


Como has podido comprobar —si has leído todo con atención—, la oposición entre "relativistas" y "objetivistas" es patente. Este debate lleva muchísimo tiempo vivo. Ya preocupaba este enorme problema al ser humano desde la época clásica, desde los tiempos del gran Sócrates. ¿De qué parte estás tú? ¿Eres relativista o te convence más el objetivismo?

Ahora vas a leer un textito... Es un poco largo, pero tú eres fuerte. Tómate tu tiempo y lee con atención el siguiente diálogo entre dos amigos, FERNANDO y HERME, amigos que han discutido acaloradamente en más de una ocasión. FERNANDO es partidario del objetivismo moral, y HERME, defensor del relativismo moral:

«FERNANDO: Así pues, no aceptas el objetivismo moral, a pesar de que comprendes muy bien en qué consiste.

HERME: Eso es.

FERNANDO: Pues bien, yo no soy capaz de demostrarte la verdad del objetivismo porque es algo que no puede ser deducido. Lo más que puedo hacer es intentar que lo intuyas.

HERME: En ese punto también coincidimos. El objetivismo no puede ser argumentado. De manera que no sé qué se puede hacer. Si me dices que tienes la intuición de la existencia de normas morales objetivas, te responderé que yo no la tengo. Y de ahí no podremos salir. Se trata de un tema sobre el que de poco sirve discutir. Ni yo te convenceré a ti ni tú a mí, No hay nada que hacer.

FERNANDO: En esto te equivocas. Al menos una cosa es posible hacer. Puedo intentar que veas que tu pretendida intuición de la no existencia de normas morales objetivas es incompatible con otras intuiciones que también declaras tener.

HERME: No termino de ver claramente qué quieres decir.

FERNANDO: A ver si te lo explico. No tiene sentido discutir sobre un problema moral y ser objetivista, al mismo tiempo. Nadie discute sobre normas convencionales. Si alguna vez has entablado una discusión moral, no has sido consecuente con tu relativismo.

HERME: ¡Cómo que no se discute sobre normas convencionales! ¿Acaso no se debate largamente si tal jugada u otra fue o no penalti?

FERNANDO: Hay que distinguir dos cosas. Se puede discutir si un caso concreto entra dentro de una norma o no. Y esto, tanto en las normas convencionales como en las normas morales objetivas. Distinto es debatir si existe o no tal norma. En las normas convencionales basta recurrir al reglamento y dirimir la cuestión con facilidad y rapidez. Claro que el relativista puede decir que cuando discute sobre normas morales lo que busca saber es si tal norma es aceptada por un grupo social. Pero en ese caso tiene que callarse cuando se le demuestra (por ejemplo, mediante una encuesta) que sí. Mas cuando se discute, por ejemplo, si la discriminación racial es justa o no, uno no se calla con sólo demostrarle que la mayoría de los habitantes de tal país están a su favor; y, sin embargo, el relativista tendría que admitir que en ese país la discriminación es justa. Recuerdo que el otro día estuviste en una manifestación contra la discriminación racial en Sudáfrica. ¿Cómo un relativista puede pretender que lo que ocurre en Sudáfrica es injusto si no existe lo justo ni lo injusto?

HERME: Cuando voy a una manifestación no hago más que expresar mis sentimientos. Si afirmo estar en contra de la segregación racial, sólo quiero decir que me disgusta, que ante ella experimento un sentimiento desagradable.

FERNANDO: Pero hay una diferencia fundamental. Si vamos en coche y tú me dices que te mareas y te contesto que yo no, ambos estamos expresando nuestros sentimientos. Ahora bien, en este caso, los dos enunciados pueden ser verdaderos, pues no son contradictorios. Por consiguiente, sobre el mareo de cada uno, no cabe la discusión. No es el mismo caso que cuando uno dice: «eso es injusto» y otro le replica: «te equivocas, es justo». Ni sobre los estados fisiológicos ni sobre, digamos, los gustos culinarios, se discute. En cambio sí se debate, y mucho, lo concerniente a temas morales. Tú mismo lo haces. Te acuerdas de la que armaste porque decías que te habían suspendido injustamente.

HERME: Un momento. Aquello fue distinto. Todo el alboroto que organicé no era porque considerase injusto el suspenso (éste no era ni justo ni injusto, pues no existen normas morales objetivas). La finalidad que perseguía era que me cambiasen la nota. He descubierto que palabras como «justo» e «injusto» influyen a veces en el comportamiento de la gente. En ese caso me salió mal.

FERNANDO: De acuerdo. Pero qué me dices de ayer cuando discutías acaloradamente con tu amigo ÓSCAR que sostenía que las mujeres no han de tener los mismos derechos que los varones. No te interesa modificar su conducta, pues las acciones de ÓSCAR van a influir muy poco en un posible cambio de la legislación, cambio que, por otra parte, a ti en nada te afecta. ¿Por qué discutías con él? ¿Dímelo...?

HERME: Sí, he de admitir que se trataba de dos situaciones distintas...

FERNANDO: Por otra parte, el relativista moral, si es coherente, nunca hará nada que vaya contra sus intereses egoístas. Si en un determinado momento se le presenta la alternativa de realizar o bien una acción que su sociedad considera injusta (pero que le va a reportar grandes beneficios y que, además, jamás será descubierta), o bien una acción justa (para decirlo como un relativista, una acción que su sociedad tiene por justa) que le va acarrear grandes males, no tendrá ninguna razón para elegir la acción justa.

HERME: Tú quieres describir algo así como la siguiente situación: Un miembro de la Resistencia francesa es detenido por la Gestapo y se presentan ante él únicamente dos salidas. Puede confesar, y entonces queda libre, y además nadie jamás descubrirá su traición; o bien puede guardar silencio (en su medio social la no delación es la acción justa), pero en ese caso sólo le esperan grandes sufrimientos y, al final, la muerte.

FERNANDO: No son necesarios ejemplos tan extremos; pero sí es un buen ejemplo de lo que yo decía. En esa situación un relativista moral no tendrá ninguna razón para guardar silencio.

HERME: Quizás prefiera afrontar la muerte antes de verse marginado por sus amigos a causa de su delación.

FERNANDO: No es esa la situación descrita. Por hipótesis, hemos supuesto que jamás se descubrirá su traición.

HERME: Aun en ese caso el relativista puede guardar silencio porque ha interiorizado la norma de ser leal. Norma que desde pequeño le han inculcado y no quiere vivir luego con ese peso en la conciencia.

FERNANDO: Eso es lo que un relativista diría de los no relativistas, que todavía no han descubierto la convencionalidad de las normas. Pero él se encuentra por encima de eso. Es como el adulto que descubre que su miedo a la oscuridad se debe a que de pequeño lo encerraban en un cuarto oscuro como castigo. Una vez descubierto el origen de su miedo, puede vencer el temor a la oscuridad. De igual forma, el relativista, una vez descubierta la relatividad de las normas morales, puede superar la presión que ejercen sobre él y el remordimiento que le produce no cumplirlas. Por consiguiente, si en la situación descrita consideras que, de ser tú el prisionero, harías mejor en no confesar (otra cosa es que tuvieras valor para ello) no puedes ser relativista».

EJERCICIOS

1. ¿Qué sostiene el relativismo moral que defiende Herme?
2. ¿Es lo mismo el relativismo que el subjetivismo?
3. ¿Qué pretende hacer Fernando con Herme? ¿Cómo puede demostrarle que hay normas morales objetivas?
4. ¿Qué te parece el final del texto? ¿Tiene razón Fernando? Explica tu respuesta.



martes, 5 de mayo de 2020

C) El Objetivismo.


Si sostuviéramos que el relativismo moral es falso porque las razones que se dan para defenderlo no son correctas, cometeríamos una falacia, es decir, un error en la argumentación. La debilidad o, incluso, falsedad de las pruebas dadas para sostener una posición no demuestran, en modo alguno, que esa posición sea falsa.
Por consiguiente, a los objetivistas les compete probar la verdad del objetivismo y no sólo echar por tierra las pruebas en favor del relativismo moral. Casi todos los objetivistas éticos están de acuerdo en que la objetividad de las normas morales no puede ser demostrada; sólo cabe “mostrarla”. Dicho de otro modo, que existen normas morales objetivas no se conoce por deducción, sino por intuición.
Para mostrar algo a alguien que no lo ve, es preciso primero señalarle qué ha de ver y, después, ponerlo frente a lo que hay que ver. Esta regla sirve tanto cuando se trata de lograr una intuición sensible (por ejemplo, divisar algo lejano) como cuando está en juego alcanzar una intuición intelectual, como es el caso del objetivismo moral.
Muchas veces se rechaza el objetivismo moral porque se comprende mal en qué consiste. Se suele confundir el objetivismo moral con las siguientes posiciones:

a) El objetivismo moral no afirma que todo el mundo obedezca las normas morales (lo que es manifiestamente falso), ni tampoco que todo el mundo conozca y admita las normas morales, ni siquiera, que todos aquéllos que las conocen las obedezcan (lo que es también falso). De forma que la diversidad de conductas observadas por distintas culturas o la diversidad de valoraciones morales o el que haya personas que prediquen una cosa y hagan otra son objeciones que no tocan en nada el objetivismo moral.

b) En el objetivismo moral no se sostiene que haya clases de acciones (por ejemplo, decir la verdad) que son siempre buenas y clases de acciones (por ejemplo, matar a otro hombre) que son siempre malas. Esta postura se llama deontologismo. Todos los deontologistas son objetivistas, pero no a la inversa. Un objetivista puede declarar que la muerte de GANDHI a balazos fue un acto injusto y que, en cambio, la muerte de JULIO CÉSAR a puñaladas fue un acto justo. El objetivismo afirma que hay acciones concretas (no clases de acciones) que en sí mismas son buenas y otras que son en sí mismas malas. «En sí mismas» significa, con independencia de que se juzgue o no así. Para decirlo de otro modo, si en alguna ocasión es cierto que una determinada acción es correcta, entonces siempre es cierto que esa acción determinada es correcta; no es posible que una, y la misma, acción sea a la vez justa e injusta.

c) El objetivismo moral tampoco implica que siempre que una persona cometa una acción injusta se haga moralmente mala (adquiera culpa moral) ni que siempre que se lleve a cabo una acción justa, la persona que la realice se haga moralmente buena (adquiera mérito moral). Un objetivista puede afirmar (no todos lo hacen) que un hombre puede hacerse bueno realizando acciones objetivamente injustas si cree, y no es culpable de su error, que se trata de acciones justas. Por ejemplo, un hindú que arroja a la pira funeraria a la viuda del difunto, en opinión de algunos objetivistas, puede tener mérito moral, aunque la acción que realiza es objetivamente injusta, si actúa creyendo que la acción que lleva a cabo es justa.

d) Por último, el objetivismo no afirma que podamos conocer siempre si una acción es justa o injusta. Incluso algunos objetivistas, por ejemplo MOORE, niegan que podamos conocer si una acción es justa o injusta. Una vez puesto en claro en qué consiste el objetivismo moral, se debe dar el siguiente paso y describir situaciones en las que sea fácil captar la objetividad de las normas morales.


lunes, 4 de mayo de 2020


b.3) Las bases del Relativismo: su fundamento.


a) Las razones que sustentan al relativismo: ¿por qué soy relativista?

El relativismo moral es sostenido por dos tipos de razones. Por un lado, está lo que podemos llamar razones etnológicas y, por otro las razones metodológicas. Las razones etnológicas provienen de la etnología. La etnología, también conocida como antropología cultural, es una ciencia empírica cuya finalidad es el estudio de las costumbres de los diversos pueblos que habitan en la Tierra. Leyendo a los etnólogos se tiene la impresión de que no hay norma que sea universalmente aceptada. De este hecho, algunos filósofos han sacado la conclusión de que las normas morales son convencionales. El argumento que propugnan es como sigue. Si hubiera normas morales objetivas, válidas en sí mismas, todo el mundo las reconocería y no se valorarían de distinta manera la misma acción. Pero resulta que, tomemos la acción que tomemos, encontraremos dos sociedades que la valoran de distinta forma. Luego no existen normas morales objetivas.

Como ya hemos dicho, podemos denominar el otro tipo de razones para sostener el relativismo moral, razones metodológicas. Los empiristas defienden que las únicas proposiciones que tienen sentido son las proposiciones verificables, esto es, las proposiciones que expresan hechos que podemos comprobar mediante los sentidos. Evidentemente las normas morales no son verificables. A través de los sentidos podemos conocer lo que es, pero nunca lo que debe ser. «No se debe mentir» no es algo que se pueda comprobar mediante los sentidos. Tampoco las cualidades denotadas por los adjetivos «bueno», «justo», «honroso», etc., son experimentables sensorialmente. «Es deshonesto no cumplir la palabra dada» es una proposición cuyo contenido no puede ser comprobado por ningún sentido corporal, pues «deshonesto» no es una cualidad sensible. Por tanto, las normas morales, o bien son enunciados sin sentido (un mero conjunto de palabras que no dicen nada) o bien son proposiciones descriptivas enmascaradas. El relativismo moral es una consecuencia lógica del empirismo.


martes, 28 de abril de 2020

B. Tipos de Relativismo.

Existen dos grandes tipos de relativismo moral: el relativismo social y el relativismo individual o subjetivismo.

     b.1) El Relativismo social.

Para el relativismo social, las normas morales son creación de la sociedad. Como han existido y existen diferentes sociedades con distintas culturas, existen diferentes normas morales e incluso normas morales contrapuestas.

Tal y como hemos visto en el texto de MOSTERÍN —texto que defiende claramente la posición relativista— algunos pueblos admiten la poligamia y otros, no; en algunas culturas se considera que es una norma debida moral cuidar de los propios padres cuando son ancianos y, en otras sociedades, que lo que se debe hacer —o sea, la norma moral— es abandonarlos para que mueran de frío (como entre los esquimales).

¿Se debe dejar morir a los abuelos de hambre y de frío?

¿Qué norma es la verdadera? ¿Se debe cuidar de los propios padres o dejarles morir de hambre y frío? El relativismo social sostiene que esta pregunta carece de sentido. Ninguna de las dos normas es mejor ni peor. Para el relativista social, esa pregunta se asemeja a esta otra: ¿Se puede tocar el balón con la mano o no se puede? La pregunta tal y como está formulada no posee sentido. Para que lo adquiera es imprescindible relativizar la norma refiriéndola a un determinado juego. Por ejemplo, en el baloncesto y en el voleibol sí que se puede tocar el balón con la mano; en el fútbol y en el hockey, no. De igual manera, para que la pregunta «¿se debe abandonar a los padres ancianos?» adquiera sentido hay que relativizarla, es decir, enmarcarla dentro de las pautas de comportamiento de una sociedad. Para los esquimales sí se puede; para los europeos, no.
El escritor francés A. FRANCE resumió la esencia del relativismo social con una certera frase. «La sociedad no castiga el asesinato porque éste sea malo, sino que es malo porque la sociedad lo castiga».

     b. 2) El subjetivismo.

La otra forma de relativismo moral es el subjetivismo. Uno de los tipos más comunes de subjetivismo es el emotivismo. Según todo relativismo moral, las normas, categóricas, en el fondo, son proposiciones descriptivas, ya que describen hechos empíricos. En el caso del relativismo moral de índole social, las normas morales se reducen a proposiciones apofánticas que describen cómo piensa una determinada sociedad sobre un tema. Según el emotivismo, las normas morales se reducen también a proposiciones descriptivas, pero éstas no describen la opinión de una sociedad sobre un asunto, sino las emociones o sentimientos que experimenta un individuo ante un hecho.
El emotivista considera que las normas morales son similares a las proposiciones que expresan gustos culinarios. Cuando una persona declara que la paella es un plato riquísimo o que las hormigas fritas es un guiso repugnante, no está afirmando, en contra de lo que parece, nada sobre la paella o las hormigas. Sus proposiciones enmascaran proposiciones descriptivas que expresan los estados anímicos que experimenta ante una paella o ante un plato de hormigas fritas. «La paella es un plato riquísimo» equivale a expresar «me encanta la paella», o a «pensando en la posibilidad de comerme una paella experimento un sentimiento muy placentero».
De ser cierto el subjetivismo moral, cuando se afirma una norma moral, se está enunciando una proposición descriptiva sobre los estados emocionales de la persona que la proclama. En opinión del subjetivista, «no debes abandonar a tus padres ancianos» equivale a «experimento un sentimiento de repugnancia cuando pienso en que alguien abandone a sus padres ancianos». Pretender —prosigue el subjetivista— que las normas morales sean otra cosa distinta de enunciados descriptivos es caer en el absurdo.

lunes, 27 de abril de 2020

3. EL PROBLEMA DE LA VALIDEZ DE LAS NORMAS MORALES

La cuestión más interesante de este tema se puede enunciar fácilmente:

¿Son las normas morales convencionales o no?

Es decir —si recuerdas bien—, las normas convencionales pueden cambiarse, su incumplimiento conlleva sanción (que también puede cambiarse) y no obligan a todos universalmente. Pues bien, ¿son las normas morales en realidad normas convencionales? Este es el problema de la validez de las normas morales. 

A la pregunta anterior algunos pensadores han contestado que las normas son convencionales (los llamados relativistas morales), y otros han respondido que no lo son (los llamados objetivistas morales). Estudiemos estas dos grandes posiciones éticas.

          A) El relativismo moral.

El relativismo moral sostiene, pues, que las normas morales no son ni verdaderas ni falsas en sí mismas. Es absurdo preguntar por la validez o invalidez de una norma moral. Lo único que cabe decir es que un cierto grupo humano —o una persona determinada— acepta o rechaza una norma moral; pero no tiene sentido afirmar que sea correcta o incorrecta. Por el contrario, los objetivistas morales consideran que las normas categóricas pueden ser, al igual que las proposiciones descriptivas, verdaderas o falsas. Objetivamente considerado, sin referencia a ningún código, sociedad o persona —prosiguen los críticos del relativismo moral— hay normas morales correctas e incorrectas.

«Lo primero que hay que subrayar es que las normas no son válidas o inválidas en sí mismas, sino sólo respecto a un código normativo determinado. Consiguientemente, los enunciados que expresan normas tampoco son verdaderos o falsos en sí mismos, sino sólo con referencia a un código normativo determinado. Por eso las preguntas normativas carecen de sentido, a no ser que estén relativizadas o referidas a un código.
¿Está permitido tocar el balón con la mano? Depende. Respecto del Código normativo del baloncesto sí, pero en el fútbol, no. ¿Está permitido tocar el balón con el pie? Depende. En el fútbol está permitido, pero en el baloncesto está prohibido. Alguien podría preguntar: “Dejémonos de códigos relativos. En sí mismo, en el fondo, de verdad. ¿Qué es lo que está prohibido o permitido: tocar el balón con el pie o con la mano? ¿Tengo derecho a hacerlo o no?”. La pregunta carece de sentido. Estará prohibido o permitido, según el juego al que estemos jugando.
¿Con cuántas mujeres me puedo casar...? Con ninguna, según los austeros códigos de los cátaros y los anabaptistas. Con una o con ninguna, según los códigos matrimoniales de tradición cristiano occidental. Obligatoriamente con una, según las normas dictadas por OCTAVIO AUGUSTUS en Roma a principio de nuestra Era. Con tantas como pueda alimentar, hasta cuatro, según el código islámico. Con un número de mujeres proporcional al de mis vacas, según el código masai, etc. Alguien puede preguntar: con independencia de esos y otros muchos códigos históricos o imaginables, en si mismo y desde un punto de vista absoluto, ¿con cuántas mujeres puede casarse un hombre? La pregunta carece de sentido.
La validez de una norma es siempre relativa a un cierto código, juego o institución. Hay que reconocer el relativismo insuperable de las normas.»
(MOSTERÍN, Grandes Temas de la Filosofía Actual.)



jueves, 23 de abril de 2020

2. LAS NORMAS MORALES



Como ves, el estudio de la Ética nos lleva directamente a una reflexión primera sobre qué sea una norma y sus clases.

Las normas son proposiciones que nos indican qué debemos hacer. A diferencia de las proposiciones apofánticas (también llamadas descriptivas), que hablan del mundo, que expresan lo que es, las proposiciones normativas enuncian lo que debe ser.

Las proposiciones descriptivas (S es P) suelen tener como cópula un verbo en indicativo; en las proposiciones normativas, en cambio, el verbo está en modo subjuntivo o es una perífrasis verbal del tipo "S ha de...", "S tiene que...", "S debe...".
Por lo general, se incluyen dentro de las proposiciones normativas los juicios de valor. Un juicio de valor es una proposición cuya cópula es un verbo en indicativo pero que contiene como predicado un adjetivo que no denota una cualidad sensible (esto es, aprehensible mediante los sentidos), tal como son los adjetivos bueno, honroso, noble, etcétera.Los juicios de valor equivalen a las normas. Por ejemplo, decir «No es Bueno ser agresivo» (juicio de valor) es otra forma de decir «no seas agresivo» (norma), y no de describir un trozo de mundo: no se habla en ese juicio de lo que es, sino de lo que debe ser.
 Las normas pueden ser hipotéticas o categóricas. Las primeras nos indican qué medios poner para alcanzar un fin dado. Las segundas nos mandan qué fines hemos de perseguir. Las normas hipotéticas responden a cuestiones acerca de los medios. Las normas categóricas resuelven cuestiones acerca de los fines. La ética se ocupa únicamente de estas últimas. Las normas categóricas se llaman también normas morales. Reflexionemos sobre las siguientes normas:

—Conduce por la derecha.
—No toques un hilo de cobre por el que pase corriente eléctrica.
—En el baloncesto no puedes tocar el balón con el pie.
—Lávate con cierta frecuencia.
—Cuando hagas una fogata, procura que esté bien aireada.
—Para conservar la carne tienes que salarla o congelarla.
—Al salir de una habitación cede el paso a otras personas.
—Si quieres enamorar a un chico, hazle muchos regalos.

Todas las proposiciones anteriores son normas hipotéticas, pues prescriben (mandan) un medio para conseguir un fin. Sin embargo, en algunas de estas normas el fin queda sobreentendido. Si reparas en las proposiciones que acabas de leer, pronto te darás cuenta de que podemos agrupar estas normas en dos clases. En una recogemos las normas convencionales y, en la otra, las no convencionales u objetivas.

Una norma se dice que es convencional cuando es fruto del acuerdo de los hombres. Esto no significa necesariamente que los hombres hayan acordado conscientemente crear esa norma. Tampoco quiere decir que la norma tenga vigencia para mí sólo, en el caso en que la acepte explícitamente. Las leyes del Estado se me imponen obligatoriamente, aunque expresamente las rechace (en un acto de desobediencia civil). Asimismo, que unas normas o leyes sean convencionales no equivale a decir que sean arbitrarias y, por ende, puedan ser cambiadas por cualesquiera otras. Piénsese en las normas de cualquier juego, digamos el ajedrez: son todas ellas convencionales y, sin embargo, no pueden ser cambiadas sin que el juego, por lo general, pierda interés. La convencionalidad de una norma supone sólo estas tres características:
1. Los hombres pueden cambiarlas, a diferencia, por ejemplo, de las leyes de la naturaleza, que el hombre no puede modificar en lo más mínimo.
2. Su incumplimiento, si es observado por determinadas personas, implica una sanción que puede ser de muy diversa índole.
3. No obligan a todos los hombres, pues su obligatoriedad no se dirige al hombre en cuanto hombre, sino al hombre en cuanto perteneciente a un grupo determinado.
Las normas convencionales se dividen en normas sociales y normas legales. Las normas legales se distinguen de las sociales en dos puntos. En primer lugar, están enunciadas expresamente (existen códigos que las recogen) y, segundo y más importante, la sanción que sigue a su incumplimiento está fijada de antemano. Las sanciones por infringir normas legales son muy variadas: pérdida de la pelota, expulsión del juego, pago de una multa, cárcel, etc. Ni las normas sociales ni sus sanciones están escritas. Quien infringe una norma social es castigado por el grupo social en el que vive, con la crítica, la murmuración, la marginación, etc. ¿Son hipotéticas o categóricas las normas siguientes?

—No debes divertirte a costa de hacer sufrir a otras personas.
—Cumple tus promesas.
—Es preferible el perdón a la venganza.
—No se debe torturar a un animal con el único fin de pasarlo bien.
—No se debe matar a un inocente.

Indudablemente algunas de las proposiciones anteriores pueden ser consideradas hipotéticas si se interpreta que indican qué medios poner para no recibir una sanción legal o social. Sin embargo, pueden también interpretarse —y seria la interpretación más usual— como categóricas. En este caso señalarían qué fines deben ser buscados. Cuando se aconseja a una persona que no mienta porque «antes se coge a un mentiroso que a un cojo», se le está dando una norma hipotética. En cambio, cuando se afirma que no se debe mentir, con independencia de los resultados que produzca la mentira, se está sosteniendo una norma categórica o moral.

        La cuestión más interesante de este tema se puede enunciar fácilmente: ¿Son las normas morales convencionales o no?

EJERCICIOS:


6. Observa que la raíz de muchos considerados socialmente como “pecados” (faltas morales) reside en tomar como fin algo que, por su propia naturaleza, es un medio, o viceversa. La avaricia consiste en convertir la posesión de dinero (que es, por su naturaleza, un medio) en un fin. Servirse de la amistad (un fin por antonomasia) como un medio es igualmente una grave falta moral. Pon un ejemplo con cada uno de los siete pecados capitales.

7. Realiza un cuadro de llaves indicando los tipos de normas.